FanFic de "El mundo de Komori"

 

Título: "Tane ki, tano pa"
Autor: Olga García Guijarro
Enviado: 13 de febrero de 2008.
Páginas: 16
Sinopsis: Es una especie de reescritura del capítulo 19 del primer libro. Relata la aventura de Komori, Sebasthian, Grimo y Zigo dentro del laberinto de los vampiros.

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"Tane ki, tano pa"

Una vez Komori, su gato ignífugo Índigo, su pequeño guerbo Benzo, Sebasthian, Grimo y Zigo traspasaron el gran arco de metal, se manifestó ante ellos un único camino de tierra negra, como la noche más sombría, y pétalos de rosas de metal.
   Grimo se agachó, cogió el frío y pesado pétalo y tras un breve y minucioso examen alzó la vista y, mirando tras de sí, posó sus preciosos ojos en el arco que acababan de atravesar. Un arco de metal moldeado en forma de grandes rosas y con grandes espinas.
   -¿Que creéis que quiere decir? –preguntó Grimo con preocupación.
   Todos se giraron al unísono hacia Grimo y desplazaron su mirada allí donde se posaba la de su amigo.
   -No... No lo sé. No es Zalil –dijo la bruja alzando los hombros.
   -¿Creéis que debe ser la lengua de los vampiros? – volvió a preguntar el niño desarticulable.
   Nadie respondió esta vez a su pregunta. Sus cuerpos permanecieron parados por un instante, como si un rosal invisible los hubiera paralizado, hasta que un escalofrío les liberó de esa quietud mortecina.
   -Me alegro de no saber lo que pone –razonó Sebasthian.
   Grimo y Zigo asintieron con sus cabezas confirmando así a su amigo que opinaban igual que él.
   Mientras éstos se encaminaron por el sombrío camino, Komori continuó quieta, ausente. Continuaba con la mirada fija en la inscripción. Cerró los ojos y se dijo: «Nota: si salimos de esta y conseguimos liberar a Edile, no olvidar decirle que me enseñe la lengua de los vampiros. ¡Quizá algún día me sea útil!».
   -Komori, Komori...
   Komori se giró y vio a Sebasthian, el niño-calabaza, mirándola con cara de preocupación.
   -¿Qué ocurre? –respondió con un hilo de voz la niña de los cabellos lilas.
   El niño con cabeza de calabaza hizo algo parecido a una mueca de disgusto. Cuando Komori desvió la mirada hacia delante vio a sus otros dos amigos con la misma mueca dibujada en sus caras. Algo no iba bien, de eso estaba convencida. Temerosa dejó de mirar a sus amigos y entonces sus preciosos y grandes ojos se abrieron, su respiración se detuvo por un instante y su estómago... ¡Ay! Su estómago se encogió de miedo.
   -¿Un laberinto? –susurró con un hilo de voz que apenas podía emerger de su garganta.
   -Eso parece, al menos hasta donde la niebla permite ver
–respondió susurrando Sebasthian a su amiga.
   Ante ellos, a ambos lados del camino de tierra, se alzaban unos imponentes y espesos muros de una vegetación extraña. Las únicas plantas que llegaron a reconocer fueron grandiosas, espinosas y fuertes zarzas y rosales, como si antes de sacarse y morir hubieran crecido durante cientos de años.
   -No, un laberinto no puede significar nada bueno -susurró de nuevo Komori, mas para ella que para sus amigos.
   Índigo, que hasta entonces se hallaba estirado sobre la cálida arena negra del camino, se desperezó estirando sus patitas delanteras a la vez que maullaba suavemente. Komori lo miró y una leve sonrisa se dibujó en su hermoso rostro infantil.
   -Tienes razón Índigo no debemos perder tiempo pues Edile nos espera.
   Komori giró sobre sí y Zigo, Grimo y Sebasthian observaron una hilera de perfectos y relucientes dientes alineados que se dejaban entrever a través de la gran sonrisa de su amiga. Ésta les tendió una mano y guiñándoles un ojo les dijo:
   -¿Seguimos?
   -¡Seguimos! –Gritaron los tres niños, al unísono, entre risas.

   Apenas llevaban quince minutos dando vueltas por el laberinto cuando Grimo se dejó caer con pesar al suelo.
   -¡Imposible! ¡Im-po-siiiiii-ble! ¡No hay salida! Y mirad
–señaló hacia el cielo con su mano desarticulable –apenas hay luz, el sol debe estar poniéndose ya... –bajó el brazo abatido.
   Los demás siguieron su ejemplo y también se sentaron en el suelo, abatidos y exhaustos, como si hubieran caminado durante días sin descansar, comer o dormir.
   -No puede ser Grimo, tiene que haber una alguna forma de salir de aquí.
   Grimo miró a su amiga sorprendido y preguntándose de dónde debía sacar tanta entereza. Miró a sus amigos, el niño-zorro y el niño-calabaza, y se rió, por sus caras confusas ambos debían estarse preguntando lo mismo que él.
   -¿Qué te hace tanta gracia? –preguntó Zigo ahora más confuso todavía.
   -Jejeje, ¡Komori tiene razón! Tiene que haber alguna salida, quizá hayamos pasado por delante y no nos hayamos dado cuenta –razonó más animado Grimo.
   -¿Por delante? ¿Cómo? ¡Pero si yo no he visto nada!
–respondió Sebasthian asqueado por la repentina animosidad de su amigo.
   -¡Nada! –Gritó Komori llena de júbilo.
   -¿Nada? –repuso Zigo, más confuso de lo que jamás creyó que podría llegar a estar nunca.
   -¡Genial Grimo! No heeemos viiiisto naaada pooorqueeee no seeee veeee –canturreó Komori a la vez que reía y se llevaba las manos a la cabeza.
   -¿Entonces, no hay salida? –susurró Grimo temeroso, al ver que su amiga reía sin parar.
   -Sí, sí que la hay, peeero ¡esta escondida! Como no me he dado cuenta antes –se recriminó la aprendiza de bruja.
   -¿Escondida? –reflexionó Grimo.
   -¿Dónde? –inquirió Zigo ahora que al fin comprendía.
   -¡Entre las zarzas y los rosales! –gritó el niño-calabaza a la vez que pegaba un brinco para ponerse de pie-. Y bueno, todas las demás plantas raras esas que no conocemos...
   Corriendo empezó a palpar entre los rosales y demás vegetación. Komori, Zigo y Grimo le imitaron al instante. Índigo se quedó sentado, quieto, emitiendo un extraño maullido gutural demasiado débil para que su ama, concentrada en su nuevo objetivo, reparase en él.
   -¡Au!, ¡au!, ¡au! ¿Por qué pinchan tanto estas plantas si están muertas? ¡Auuu! –aulló el niño-zorro, más como lo haría un lobo que no como un zorro.
   -No sé –le respondió Komori–, pero si seguimos así nos quedaremos sin manos y brazos.
   La niña colocó sus brazos ante ella a la altura de la cintura y en éstos se observaban pequeñas heridas superficiales provocadas por las diferentes plantas que se enmarañaban en los descomunales muros haciéndolos inquebrantables. Zigo y Sebasthian alzaron sus brazos juntándolos a la altura de los de su amiga. Una mueca de dolor se dibujó en el rostro de los niños al ver y padecer tantas magulladuras. Grimo fue el último en unir sus brazos a los de sus amigos.
   -¡Grimo! –gritó Komori con los ojos casi desorbitados.
   - No sé, a mí apenas me duelen...
   -¡No es justo! ¿Porque tú tienes menos heridas? –dijo el niño-calabaza algo serio mientras miraba sus maltrechos brazos, en cuyas heridas se podía casi entrever la paja de su cuerpo.
   -No sé... –se ruborizó el niño-desarticulable.
   -Ya lo sé –dijo el niño-zorro a la vez que cogía a su amigo por los hombros y lo zarandeaba sin parar–. ¡Lo sé, lo sé!– , seguía Zigo.
   -¿El qué? –dijeron Komori y Sebasthian a la vez, mientras se miraban el uno al otro temerosos de que hubiera descubierto el secreto de Sebasthian.
   -¡Pues qué va a ser! –bufó el niño-zorro-. ¡Cómo salir de aquí! –rió a carcajadas a la vez que zarandeaba aún más a su amigo Grimo.
   -¡Auuuuuu! –gritó de dolor Grimo.
   -¡Zigo! –le gritaron la aprendiza de bruja y Sebasthian.
   -Lo siento, lo siento... –repetía el niño-zorro una y otra vez a su amigo Grimo mientras sostenía entre sus manos el brazo de su amigo desarticulable, como si de un tronco en llamas se tratase– yo no quería, de verdad, se quitó solo.
   -¡¡¡Zigo!!! –le recriminaron los tres niños a la vez con cara de pocos amigos.
   Benzo, que hasta entonces dormía en el bolsillo de Komori, asomó su cabecita peluda despacio asustado por los gritos y la agitación de su ama. Al ver lo que ocurría abrió los ojos asustado, como nunca los había abierto, después de un largo sueño. Impresionado por lo que había visto cerró los ojos y se volvió a esconder en lo más profundo del bolsillo.
   -Vale, vale, quizá tiré un poco más de la cuenta, por la emoción y eso... –se excusó Zigo.
   -¡¿Un pocoooo?! –le miraba incrédulo Grimo.
   -Bueno, es que... es que... es que ya lo sé... ¿sabéis? ¡Ya sé cómo salir! –Rió pícaramente Zigo.
   Antes de que nadie pudiera hacer o decirle nada, Zigo ya había dado la espalda a sus amigos y, agarrando con la mano derecha aún el brazo de Grimo, alzó su brazo derecho y señaló, con el dedo índice de la mano derecha de Grimo, a lo más alto del muro.
   -Justo ahí está la salida, Grimo nos la señala, jajaja –rió a carcajada suelta el niño-zorro.
   Grimo arrebató a Zigo su brazo derecho con la única extremidad superior que le quedaba, la izquierda. Al hacerlo le dio con su mano derecha un manotazo en la cara.
   -¡Ay! Lo siento... –dijo Grimo– ha sido sin querer... evitarlo –susurró por lo bajini mientras se reía y colocaba el brazo en su sitio.
   Una explosión de risas salió de la boca de Zigo y Grimo, se cogieron por los hombros y se empezaron a zarandear. Komori y Sebasthian los abrazaron riendo y el  júbilo de los niños se hizo mayor. A pesar de que la noche había caído, ellos acababan de encontrar un resquicio en la oscuridad por donde entraba la luz de la esperanza.
   -¡Au! Esto no es tan fácil como decías, Zigo –se quejó Grimo.
   -Vamos Grimo que vas muy bien –le animó Komori mientras daba palmaditas.
   -Ya queda poco Grimo la cima ya es tuya. ¡No, no! ¡Vigila! A la derecha. Eso, muy bien –le guiaba Sebasthian.
   -¡Au! Estas espinas cada vez son más grandes, más gruesas y más dolorosas. ¡Auuu! Si no fuese porque las plantas estas raras están muertas yo diría que se me clavan a propósito –reflexionó asqueado el niño-desarticulable.
   Una leve carcajada salió de la boca de los niños.
   -Debe ser que no les caes muy bien y te han cogido manía –bromeó Zigo a su amigo.
   Inquieto Índigo bufó, se encontraba a los pies de su dueña.
   -Tranquilo Índigo pronto saldremos de aquí. En cuanto Grimo esté sobre los muros de las plantas seguro que verá la salida.
   Índigo volvió a bufar más fuerte, esta vez enseñándole los dientes a su dueña.
   -¿Índigo? -susurró Komori. Le miró preocupada pues jamás recordaba un comportamiento tan austero en él.
   Éste mirando a su dueña maulló guturalmente y acto seguido miró a la imponente pared, de la que sobresalían rosas secas, y que se hallaba bajo los pies de Grimo.
   -¡¡Sí!! –saltaron Zigo y Sebasthian al ver a su amigo en la parte más alta del muro del laberinto.
   -¡¡GRIMO NO!! –gritó Komori.
   Un instante después el muro de plantas secas pareció estremecerse, Índigo maulló desgarradamente y un sonido seco y fuerte resonó en los oídos de los niños como si pretendiese perforarles los tímpanos.
   El sonido se hacía cada vez más fuerte, como si miles de árboles se estuvieran resquebrajando. Komori y Zigo se llevaron sus pequeñas manos a los oídos taponándolos con fuerza para aplacar la furia del laberinto, pero fue en vano pues se derrumbaron en el suelo, encogiéndose de dolor.
   Los muros de plantas, empezaron a balacearse y posteriormente a zarandearse con furia. Las plantas se separaban, aumentando el espacio entre ellas y disminuyendo el del camino.
   Grimo gritó pues las zarzas, como garfios, arañaban sus piernas. No podía bajar al camino con sus amigos ya que sus piernas se colaban y enganchaban entre los agujeros que se iban haciendo entre las plantas.
   -¡Ayudadmeee! ¡Sebasthian, Gimo, Komoriii! -gritó el niño desarticulable aterrado cuando notó que las espinas de las zarzas profundizaban en su cuerpo comenzando así a desgarrar sus paralizadas piernas.
   -¡Ya vamos Grimo! –gritó entre balbuceos Sebasthian mirándole angustiado, justo antes de que su amigo se desmayase.
   Las plantas estaban atrapando a Grimo como si de una tela de araña se tratase, aunque éstas no actuaban del mismo modo. La diferencia residía en el hecho de que estas plantas no solo capturaban e inmovilizaban a la presa, como lo hacían las telas de araña, sino que a continuación, todas las plantas, arrastraban con fuerza la presa hacía ellas estrujándola hasta hacerla formar parte de ellas. ¡Iban a despedazar a Grimo!
   Sebasthian miró a sus amigos pero se hallaban aturdidos en el suelo por el insoportable sonido que había provocado el laberinto de plantas al recobrar la vida.
   Por qué no le había afectado a él el sonido, era una de las preguntas que rondaba inquieta en la mente de del niño-calabaza. Sebasthian se llevó las manos a la cabeza y entonces cayó en el hecho de que no tenía orejas. ¡Por eso él no había caído desmayado por el dolor!
   Sebasthian miró a su alrededor analizando la situación: «Grimo está en peligro, ¡en grave peligro!». Las plantas habían separado los brazos y las piernas del tronco de su amigo y...
   -No puede ser, se están llevando sus, sus... piensa, piensa Sebasthian –se dijo el niño-calabaza.
   Miró a Komori y Zigo, ellos no correrían la misma suerte que Grimo, ¡no eran niños desarticulables! Apenas había ya camino, las plantas les alcanzarían en breve, lo cierto era que las zarzas estaban intentando aferrarse al pie de Komori.
   -¡Komori! –gritó Sebasthian horrorizado.
   Pero allí, junto a los pies de Komori, todo encrespado estaba Índigo agazapado, con las orejas gachas y estiradas hacia atrás intentando darle algún zarpazo a las zarzas, cuyas espinas eran tan grandes casi como su manita. Índigo bufaba y enseñaba sus dientes a pesar de estar en clara desventaja ante aquella descomunal planta que una vez liberada de su prisión se mostraba tal y como era: devastadora.
   Era tan vasto el caos que reinaba en la cabeza del niño-calabaza que ni siquiera había reparado en el hecho de que aquel abrumador sonido no parecía afectar en absoluto a un animal cuyo sentido del oído estaba altamente desarrollado.
   Sebasthian abatido y desbordado por la situación se dejó caer sobre sus rodillas y mirando sus brazos volvió a ver asomar la paja entre sus pequeñas heridas.
   -¿Qué puedo hacer? -se preguntaba el niño con impotencia-. ¡Yo no tengo unos brazos resistentes como los de Grimo o unas zarpas letales como las de Índigo! –las reflexiones del niño se detuvieron en seco. Silencio. Silencio.
   -¡¡¡Grimo, zarpas, Índigo!!! –gritó Sebasthian.
   Éste se incorporó más rápido que el batir de alas de una libélula y se arrastró como pudo por el suelo intentando llegar hasta Komori mientras las enormes espinas que les acechaban despedazaban su jersey favorito. Cuando llegó al fin junto a la niña las plantas les habían rodeado encerrándoles, como hacen las arañas, en un capullo, pero esta vez, de afiladas y punzantes espinas como garfios.
   El niño buscó en los bolsillos de Komori.
   -¡Au! ¡Soy yo Benzo! –dijo el niño mientras se miraba el dedo y veía con disgusto como unas pajitas chiquititas salían por su dedo.
   Benzo, el guerbo de Komori, le había mordido con una fuerza descomunal, poco proporcionada al tamaño del pequeño animal.
   Dolorido, el niño-calabaza buscó en el otro bolsillo...
   -¡Sí, sí, síii! –rió aliviado Sebasthian.

   El estruendo cesaba, cada vez el sonido era menor, se lo indicaba las orejas relajadas de Índigo.
   -¡Zas!, ¡zas!... –las plantas retrocedían ante los devastadores zarpazos de Índigo.
   Sebasthian reía compulsivamente, casi al borde de la histeria. Sólo le faltaba la pierna derecha de Grimo, todas las extremidades estaban asombrosamente, casi, intactas.
   -¡Allí «Índi»! –señaló Sebasthian a su compañero de batalla.
   Índigo saltó doce metros hacia su derecha, allí se encontraba lo que buscaban. Sebasthian al fin sujetaba, fuertemente entre sus brazos, a todo el pobre Grimo. El niño-calabaza solo esperaba que su amigo no sufriera grandes dolores en todo su desarticulado cuerpo una vez despertase de su inconsciencia.
   Índigo y Sebasthian regresaron junto a Zigo y Komori en el momento en el que éstos comenzaban a recuperar la consciencia.
   -¡Aaahhh! ¡Una fiera salvaje! –balbuceó Komori aún aturdida, antes de volverse a desmayar, al ver ante sus ojos a un minino azul de un metro y medio de alto y casi tres metros de largo.
   -Sebasthian... ¡¿Ín… Ín… Ín-di-goo?! –balbuceó entrecortadamente Komori, aún aturdida, al volver a despertar.
   -¡Zas! –golpeó Sebasthian una zarza, con el brazo-mano derecha de Grimo, haciéndola retroceder antes de que se enroscara en el precioso cabello lila de Komori.
   Komori absorta en sus pensamientos, ajena a lo que había ocurrido, se llevó las manos a los bolsillos.
   Pepitas, Benzo... -se dijo para sí la niña mientras acariciaba el cuerpecito tembloroso de su pequeño guerbo-. Pepitas, Benzo... -volvió a palpar para cerciorarse.
   -¿Pero qué has hecho? –preguntó la niña a su amigo Sebasthian con un hilo de voz mientras depositaba sus manos en el enorme morro de su gato, ahora tan grande como ella, y lo acariciaba cariñosamente.
   -No sé, lo que pude... –se disculpó el niño al ver la cara de preocupación de la niña.
   Komori miró a su amigo mientras descabalgaba del lomo de su gato, como si de un saurio de la tribu de los Aidún se tratase.
   -Griiii... -Komori intentó articular palabra al ver a su amigo Grimo inconsciente y desarticulado completamente en brazos de Sebasthian.
   -¿Pero qué haces? –recriminó la niña al verle usar la pierna Izquierda de Grimo para golpear una planta que les acechaba amenazadoramente.
   Komori le arrebató la pierna de Grimo y la estrujó con ambas manos contra su cuerpo.
   -Era la única manera... –agachó la cabeza el niño-calabaza avergonzado –«Índi» no podía solo y yo... yo... –se miró, entristecido, de forma refleja sus brazos.
   Komori también los miró, agarró la pierna desarticulada de Grimo con su brazo izquierdo y abrazó a Sebasthian con su brazo libre.
   -Gracias –dijo entre sollozos y con una media sonrisa a su valiente amigo.
   Sebasthian movió la cabeza de izquierda a derecha sin cesar a la vez que se dibujaba en su rostro una ligera sonrisa apacible y algo... vanidosa.
   -Más fuerteee –gritó Sebasthian a Komori.
   -Pero, pero... le haré daño... –dijo entrecortada y angustiada Komori.
   -¡Au! ¡Más fuerte, ¡au! –dijo con furor Grimo -no importa Komoriiii -añadió  con casi un hilo de voz ahora-. Más rápido Índigo, por favorrr -gritó ahora con desesperación.
   Cuando se quisieron dar cuenta todos rodaban por el suelo, incluso Benzo que, sin darse cuenta, se precipitó fuera de su protector bolsillo.
   -¡Auuuuu! –gruñeron todos.
   Índigo había vuelto a su tamaño normal, la transformación apenas había durado diez minutos. Como consecuencia de este inesperado cambio todos se habían precipitado al suelo a gran velocidad, desde su privilegiada montura. La portentosa caída al suelo no les impidió ponerse de pie rápidamente, pues no tenían tiempo que perder ya que estaban, según Grimo, cerca de la salida.
   Se agruparon todo lo que pudieron, Komori iba entre Zigo y Sebasthian cargando con el tronco y la cabeza de su amigo, el niño-desarticulable. Los otros dos niños llevaban las piernas y los brazos y no dudaban ni un segundo en utilizar dichas extremidades, como si de afilados sables se tratasen, para lograr hacer recular a esas plantas monstruosas que escasos minutos antes habían estado a punto de... Komori se estremeció de solo pensarlo.
   -¿Y ahora qué, Grimo? -preguntó la niña resoplando con nerviosismo.
   -¡Por allí!
   -¿Por allí? -preguntaron todos refunfuñando.
   -¡¿Dónde es por allí?! -exigió demasiado duramente Zigo, a causa del pánico que se le acumulaba en el cuerpo, al verse acechado de nuevo por esos plantas inmortales.
   -Pues... pues... pues por allí. ¡Allí! -les berreó Grimo mientras ponía los ojos en blanco. No podía creer que sus amigos le estuvieran recriminando el hecho de que no supiera guiarles hacia la salida... teniendo en cuanta en la situación tan abrumadora en la que se encontraba... sin brazos, sin piernas... y rodeado de enormes muros de, de... ¡«descuartizadoras asesinas»!
   -Para no tener ni brazos, ni pernas me estoy defendiendo muy bien... -reflexionó Grimo algo menos arisco, olvidando las recriminaciones anteriores de sus amigos, al ver como Komori protegía su cuerpo con el suyo propio y sus amigos atizaban a las «descuartizadoras» haciéndolas recular-. Estoy hecho todo un luchador -rió entre dientes el niño.
   -¡La veo, la veo! -Vociferó Zigo apretando los brazos de Grimo contra su cuerpo con furia-. Las espinas de esa pared son más grandes y están más enmarañadas entre ellas que las demás. ¡Es la pared que nos describiste Grimo! -comentaba risueño el niño-zorro mientras corría hacia la salida.
   -¡Cuidado! Podría ser una trampa... -dijo desconfiado Sebasthian.
   -Tengo un plan -rió entre dientes Zigo mientras dirigía una pícara mirada a Índigo.
   Éste se colocó detrás de las piernas de su ama, su instinto le decía que esa mirada no le reservaba nada agradable. No era la primera vez que tenía esa sensación, la última vez se la provocó Sebasthian apenas una hora antes.
   -Miauuu -maulló Índigo a Komori.
   La niña miró a Zigo con una pequeña mueca que, de no haber pensado lo mismo que su amigo, se habría asemejado a la del reproche en vez de a la de la preocupación. Dejó a Grimo con sumo cuidado en el suelo, cansada y abatida se agachó a la altura de su precioso gato ignífugo, le miró a los ojos, le acarició bajo sus adorables mofletes azules y cogiéndolo con extrema suavidad entre sus brazos le estrechó ligeramente contra su pecho.
   -Depende solo de ti Índigo, ¿qué quieres hacer? -susurró Komori con los ojos humedecidos, pues la anormal transformación de su gato se acababa de terminar hacia unos instantes y no sabía las consecuencias que otra cambio le podrían provocar. Más que nunca ahora deseaba convertirse en sabia.
   Índigo saltó de los brazos de Komori al percibir el brusco cambio de ritmo de los preciados latidos del corazón de su ama. Índigo intuyó que éste debía estar luchando duramente contra sus angustiados pensamientos. Agazapado y en posición de ataque se colocó ante el imponente muro, que les impedía la salida de aquel laberinto. Le rebufó amenazadora y aterradoramente sorprendiendo a los cuerpos de los niños con un espeluznante escalofrío helado.
   Por suerte Grimo no había salido muy mal trecho de la batalla contra las «descuartizadoras asesinas», que sus amigos habían llevado a cabo con sus extremidades, pues al tenerlas separadas de su cuerpo no había sufrido apenas dolor, pero ello no quería decir que no estuviera algo -bastante- dolorido.
   -No veo nada, la luz de la luna llena es demasiado tenue -susurró Komori adaptándose a la oscuridad que se hallaba ante ella.
   Sebasthian se golpeó la nuca con la palma de la mano y de sus ojos salió un brillante halo de luz iluminando lo que entre ellos había.
   -¿Esto es...? - comentó Sebasthian anonadado.
   -Creo que sí –le respondió Komori con un suspiro.
   -¡Auuu! -se quejó Sebasthian y la luz se apagó.
   -¡Auuuuuuuu! -gritó esta vez Zigo.
   -¿Qué ocurre? –preguntó Komori preocupada al no ver ni oír nada mas que las quejas de sus amigos.
   -¿Pero qué haces? –preguntó Sebasthian volviéndose a golpear la nuca y ha iluminar aquel pasillo largo, ancho y oscuro como la panza de una ballena.
   -Pensé que si se golpeaba más fuerte en la nuca la luz sería masa intensa y veríamos más y mejor –dijo Grimo aguantándose la risa.
   -¿Y a mí? ¿Quién me ha pegado? -preguntó Zigo algo indignado pasándose la mano por detrás de la cabeza.
   Komori se puso las manos en la boca intentando frenar un ataque de risa provocado por la actuación de Grimo.
   Índigo, que hasta entonces se hallaba estirado en el suelo descansando, debido al agotamiento que le había provocado el cambio que se había vuelto a producir en su cuerpo escasos minutos antes, se desperezó estirando sus grandes patas delanteras a la vez que maullaba fuertemente. Komori recuperada del ataque de risa lo miró y una leve sonrisa se dibujó en su fatigado rostro infantil.
   -Tienes razón Índigo no debemos perder tiempo pues Edile nos espera.
   Komori giró sobre sí y Zigo, Grimo y Sebasthian observaron la sonrisa llena de esperanza dibujada en el exhausto rostro de la su amiga. Ésta les tendió una mano y guiñándoles un ojo les dijo:
   -¿Seguimos?
   -¡Seguimos! –Gritaron los tres niños, al unísono, entre risas.