FanFic de "El mundo de Komori"
Título: "Emancipación"
Autor: Christian Valdés Sirera
Enviado: 05 de febrero de 2008.
Páginas: 8
Sinopsis: Relato que narra el viaje de la bruja desde que sale de su casa hasta que llega a Siloria.
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"Emancipación"
_Tras un picudo sombrero violeta con una hebilla en forma de cabeza de gato encima del ala, se encontraba una niña de pelo morado, grandes y brillantes ojos azules y mejillas sonrosadas por las que entonces rodaban unas indiscretas lágrimas.
-Tranquila, Komori -le dijo a la niña un hombre alto y fuerte mientras le ofrecía un pañuelo de seda azul, el mismo color que el traje que lucía-. Todo irá bien. Nada te pasará en el viaje. Además, tienes a Índigo para que te haga compañía…
A la pequeña aprendiz de bruja se le escapó una media sonrisa que su padre no vio por culpa del pañuelo con el que se secaba las lágrimas.
¡Ella no quería marcharse de casa!, ¡Tenía sólo trece años! Le parecía una idea alocada el irse a vivir fuera, explorar un mundo todavía desconocido para sus ojos… Pero tenía que hacerlo si quería llegar a ser una sabia algún día. Y ya lo sabía más que de sobra.
-Además, si te sientes insegura… puedo pedirle a Vainile que te acompañe -finalizó. Aún a sabiendas de que su hija no iba a aceptar la propuesta.
Komori se puso tensa de pronto:
-No, papá. No hace falta. Además… mi hermana es pequeña y no hará nada más que estorbar.
Su padre se rió. Ella se puso de puntillas y besó la mejilla todavía sin afeitar del hombre. Después de eso, dio media vuelta y caminó tranquilamente hacia la portilla del jardín cargando con una maleta en una mano e Índigo, su gato ignífugo en la otra. Se giró ya tras la portilla para ver su casa por última vez en mucho tiempo. Se despidió de los ladrillos blancos, del tejado de tejas rojas, del manzano y, por último, del hombre del traje azul: su padre. La persona que más quería de aquella casa. Finalmente, desapareció internándose en la arboleda que rodeaba su pueblo; situado en el archipiélago de Hayt-dra.
-Tranquilo, cariño -una mujer ataviada con un sencillo vestido verde cubierto por un delantal blanco con puntillas se acercó a él por detrás y lo abrazó-. El tiempo la acompaña. Y Komori sabe que la abuela Soldna, esté donde esté, la protege.
El hombre asintió con una mueca de preocupación.
-¡ESTATE QUIETO, ÍNDIGO! -vociferó Komori al gato que, muerto de miedo, no paraba de enredarse entre sus piernas.
Llevaban ya un día entero de viaje. La arboleda que rodeaba el pueblo se había convertido seis horas atrás en un frondoso bosque; un intrincado laberinto formado por ramas y raíces. Era de noche. El camino era completamente invisible. Lo más lejos que podía llegar a ver era la punta de su pequeña y respingona nariz. Komori se encontraba en el mismo estado de histeria que el gato, aunque intentaba que no se notase. No por el qué diría la gente. Pues estaba claro que allí no había nadie a excepción de ella y el gato, sino porque quería convencerse a sí misma de que valía para todo y era la más valiente del lugar.
De pronto, divisó una diminuta luz que se aproximaba hacia ella rápidamente. Cada vez se hacía más grande, aunque no mucho. Y eso la perturbó. Intentó esconderse tras los árboles para despistar a la luz. Por fin, llegó a su altura. Se paró, como diciéndole a Komori que la admirase. Y Komori lo hizo: era verde, no muy luminosa, aunque lo bastante para iluminar el camino. La bruja lo identificó rápidamente; así que sacó un tarro de cristal de la maleta y se acercó sigilosamente.
Realizó un kenna de apertura y pronunció una palabra:
-¡¡Piedra!!
Un pedrusco salió volando directamente hacia su cabeza. Suerte que se hizo a un lado y la esquivó. Sino, le hubiera machacado el cogote.
Komori no se dio por vencida, así que volvió a realizar el kenna. Solo que esta vez con un final distinto.
-¡¡Piedra!! -repitió. Esta vez, la lucecilla cayó al suelo…
El diminuto ser que Komori había atrapado era una hiodarba. Las hiodarbas eran seres parecidos a las hadas; de su mismo tamaño y con su misma variedad de colores, aunque carentes de inteligencia. Se les podría considerar más animal, que raza. Hiodarba: Hi (‘Esencia’ o ‘Espíritu’) + (Modarba ‘Bosque’).
Ahora, Komori podía avanzar con más tranquilidad. El camino estaba iluminado por el brillo que emitían las alas de la hiodarba; que, asustada, no paraba de darse golpes contra las paredes de cristal intentando escapar. Aunque ni siquiera la luz podía apartar su mente de los ruidos del bosque: El aullido de un lobo de vez en cuando, el ulular de las lechuzas y algún que otro murciélago que pasaba volando a toda velocidad por encima de si cabeza haciendo silbar el viento. Esas y otras cosas (como el no saber que aguarda tras el siguiente árbol), impedían a la aprendiza de bruja quedarse dormida. De todos modos, así era mejor. Komori llegaría antes a la costa y podría coger antes el barco que estaba esperándola en el puerto: Un magnífico galeón de velas blancas que pertenecía a un viejo amigo de papá.
Salió el sol y una extraña niña salió del bosque vestida con un vestido sin mangas violeta hecho jirones por los bajos. La gente de aquel pequeño pueblo pesquero se le quedó mirando como si fuera un fantasma. Nada más lejos que eso: Las pronunciadas ojeras que lucía y la palidez de su rostro le hacían parecerlo.
Al llegar al puerto buscó el galeón de un tal Arche Langbauth. Preguntó a varias personas por él, pero nadie supo decirle dónde se encontraba aquel navío de tan bella descripción. Estaba a punto de desistir e su intento. Había llegado el mediodía y no había comido nada desde el día anterior.
Pasó por delante de unas cajas de madera dispuesta a volverse a su casa. Tras las cajas, había un… ¿Niño? Sí, pero muy, muy extraño: su cabeza era normal. El pelo rubio y sus ojos verdes como la hierba. Llevaba una camiseta a rayas blancas y rojas. Por las mangas asomaban dos alas blancas y, las puntas -que hacían las veces de dedos-, eran negras. Tenía un cuerpo rechoncho cubierto de plumas blancas bajo el cual nacían dos patas casi tan finas como dos alambres que terminaban en garras.
Komori dudó, pero al final se dijo a si misma «Vamos. A esta es la última persona que pregunto. Si no sabe indicarme, vuelvo a casa».
Se acercó cuidadosamente al niño-gaviota -que estaba ocupado enrollando sogas- y carraspeó intentando llamar su atención.
-Ejem, ejem…
-¿Eh… sí?-respondió el niño enarcando una ceja.
-¿Sabrías indicarme dónde está el galeón de Arche Langbauth? -Komori acarició nerviosa a Índigo. La bruja llevaba al gato en brazos.
-Sí, pero…
-¡Genial! -le interrumpió-. ¿Podrías ayudarme?
-¡Claro! Pero…
-¡Muchas gracias!
Esperó un rato a que el niño gaviota terminase de enrollar sogas y los dos caminaron por la pasarela de madera hasta llegar a un ga… un gale… ¡Una cáscara de nuez!
Komori estaba indignada: -¿Este es el maravilloso galeón de Arche Langbauth?
-No me dejaste explicártelo antes. No parabas de interrumpirme. Arche tenía el galeón antes de venir aquí, a Hayt-dra. A causa de las deudas del juego, tuvo que venderle. Con lo que le quedó de la venta, compró este pequeño barco y ahora se dedica a pequeños transportes de mercancías y, en ocasiones especiales, a personas.
-Ah…-Komori no sabía que decir. ¿Papá tenía tratos con ese tipo de gente?- Y… ¿crees que estaré segura aquí?
-¡Claro! Aunque no lo parezca, este viejo velero es más resistente que una roca.
«Roca…», pensó Komori rememorando su incidente con la piedra de la noche anterior.
-¿Con quién vienes, Herel? -un viejo con un pañuelo en la cabeza, un parche en el ojo y un brazo de madera se asomó a la borda del barco y se dirigió al niño-gaviota.
-¡Hola, Arche! ¡Esta niña…! ¡Komori, se llama! ¡Dice que viene para que la lleves a Asamna!
-¡Oh, sí! ¡Komori! ¡La hija de Artian! -dijo entusiasmado el viejo capitán del barco-. Subid, subid…
Un rato después, Komori se encontraba en el camarote que le habían asignado deshaciendo su maleta con ayuda de Herel, el niño-gaviota.
-Así que… formas parte de la tripulación, ¿no? -preguntó Komori interesada.
-Sí. No hago una gran labor… pero algo es algo. Por lo menos, tengo un sitio donde me dan de comer y puedo dormir calentito. Desde que papá y mamá murieron, el viejo Arche se ha ocupado de mí.
-Y… ¿cuál es esa labor?
-Friego la cubierta.
-No es nada de lo que haya que avergonzarse. Peor oficio es el de ladrón.
-Lo sé.
-¿Qué es del joven Artian? Debe estar hecho todo un hombre- dijo Arche Langbauth a la vez que sorbía los fideos de la sopa.
-Bien… Está… como siempre. Dándose trompazos con su libro de un lado para otro-respondió sincera la aprendiza de bruja.
-¡Jajajaja! -soltó una carcajada-. ¡Este padre tuyo no cambiará nunca! ¡Jajajaja!
Había caído la noche. El barco había soltado amarras e iba rumbo al continente. Komori estaba agotada. El único motivo de que estuviera allí, cenando con Arche, Herel y el resto de la tripulación, era que no quería ser descortés. Fue después del comentario del capitán cuando un marinero, alarmado, entró a todo correr en la estancia:
-¡¡Capitán!! ¡Piratas! ¡Es el barco de Rich Rëleund!
-¡Aaahhh! ¡Esos asquerosos bucaneros!-se levantó de la mesa y comenzó a agitar su brazo de madera en todas direcciones.
-¡Mëeko!, ¡Alia! ¡Cargad los cañones!
-Sí, mi capitán-asintieron al unísono los aludidos.
-¡Los demás, a la sala de armas! ¡Cojamos los sables!
-¡A la orden!
Arche iba a salir corriendo cuando Komori lo detuvo:
-Capitán, ¿Qué hacemos Herel y yo?
-Vosotros… -se dirigió a un escritorio de madera, sacó una brújula y un mapa y los puso en manos de la brujita -vosotros coged el bote salvavidas y remad hasta Asamna.
-Pero…
-¡No me repliques, niña! Tu padre no me perdonaría tu muerte -dicho eso, salió de la sala.
-¡Queremos ayudar! -gritó. Pronto, sintió una mano en su hombro. Era Herel.
-No lo intentes. Arche es un terco. ¡Vamos!
Estaban girando la manivela que bajaba el bote cuando una bala de cañón se estrelló contra el barco y rompió el casco.
-¡AAAHHH! -gritó Komori antes de caer en el bote salvavidas. Éste, con el peso, cayó a plomo provocando un tremendo oleaje.
-¿Estás bien? -preguntó el niño-gaviota
-¡Sííííí! ¡Vamos, tírate!
Herel obedeció.
Tras remar toda la noche llegaron a Asamna. Desde la playa de arena blanca, se podía divisar a lo lejos el barco envuelto en llamas de Arche Langbauth.
-¿Dónde iré ahora? -no paraba de preguntar Herel, el niño gaviota. Komori no sabía que responder.
-Bueno… -dijo un rato después, cuando se cansó de contemplar el alba-, será mejor que nos pongamos en camino si queremos llegar a Alidra algún día.
Unos días después, Komori y Herel se hicieron con un carro. A la semana, el día del cumpleaños de Komori, llegaron por fin a Alidra. Komori se asentó en un barranco desde el que se veía un mar de nubes y, tras él, una pequeña ciudad. En esa ciudad, Herel encontró un nuevo hogar. Un viejo lobo de mar llamado Haund Tesapround le acogió en su casa-barco. En la actualidad, se dedica a lanzar sandías por los cañones en fechas señaladas…